¿Cómo funciona la guerra cognitiva a favor de la narrativa hegemónica? (1)
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Publicado: 07/08/2026 05:08 PM
La guerra cognitiva es una estrategia militar y geopolítica que utiliza la manipulación psicológica, la desinformación, las redes sociales y la inteligencia artificial para alterar la forma en que las personas piensan, sienten y toman decisiones.
Su objetivo no es destruir infraestructuras físicas, sino debilitar la mente humana, polarizar sociedades y destruir la confianza institucional desde adentro; lo que convierte a la mente humana en el campo de batalla principal, donde el objetivo no es conquistar territorios físicos, sino alterar cómo pensamos, sentimos e interpretamos el mundo.
Este tipo de guerra blanda, combina el uso estratégico de la tecnología, la psicología y las neurociencias para modificar la forma en que las personas procesan la información, destruyendo su capacidad de pensamiento crítico. A diferencia de la guerra psicológica tradicional, que busca influir en las emociones, y uno de sus objetivos es implementar una hegemonía de la narrativa: imponer un marco conceptual definitivo donde la población adopte las ideas del atacante de manera voluntaria, automática e inconsciente.
Actualmente se considera el sexto dominio de la guerra (sumado a la tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio), que opera directamente sobre el factor humano, por lo que comprender esta forma de ataque es el primer paso para desarrollar el pensamiento crítico y evaluar nuestra capacidad de respuesta frente a ataques invisibles y altamente destructivos.
Hoy en día, el primer bastión de este tipo de guerra está direccionado por las redes sociales; vemos en diferentes plataformas como opinadores e influenciadores hablan sobre temas que necesitan una explicación más responsable para que los usuarios puedan tener una idea real y sin sesgos en menos de un minuto.
Es así como la construcción de la hegemonía del pensamiento ya no se basa en censurar la información, sino en saturar el ecosistema digital para generar confusión y desconfianza.
En 1988, el filósofo Noam Chomsky y el periodista Edward S. Herman publicaron un libro llamado Los guardianes de la libertad, en el que describieron cómo se introduce el modelo de propaganda de los medios de comunicación, explicaron que “el control de la opinión pública no es necesariamente intencionado o dirigido, sino que es un fenómeno cooperativo y emergente, asociado a la discriminación de la información publicable de la que no lo es, afectando así al interés público".
También el periodista e intelectual estadounidense, Walter Lippmann, detalló en uno de sus ensayos sobre la democracia, que “la toma de decisiones debía reservarse a la élite de los hombres responsables”.
Las plataformas digitales operan bajo la lógica del "consentimiento manufacturado" que planteó Chomsky. Al controlar las vías de comunicación, concentradas en corporaciones globales, se delimita qué alternativas políticas o sociales son viables, marginando cualquier idea que amenace el orden establecido.
Chomsky explicó que los medios de comunicación tradicionales, como la prensa y la televisión, actúan como filtros para moldear la opinión pública, haciendo que la población acepte voluntariamente las agendas de las élites políticas y económicas, sin necesidad de usar la fuerza bruta. Hoy, las plataformas digitales han perfeccionado este modelo de control social a través de mecanismos algorítmicos y comerciales. Cuando el filósofo explicaba que “los medios masivos seleccionaban qué noticias mostrar y cuáles ocultar para establecer el debate permitido”; hoy los algoritmos de Meta, TikTok o Google actúan como el filtro definitivo de la siguiente manera: “Al personalizar tu sección de inicio, deciden sutilmente qué parte de la realidad ves y cuál se vuelve invisible, de esta manera el usuario cree que consume información de manera libre, pero su menú de opciones ha sido estrictamente prefabricado por una máquina que busca rentabilidad”.
También detalló Chomsky que “el sistema permite el debate, pero solo dentro de un espectro muy estrecho de opiniones aprobadas por las élites”. Este debate en la actualidad se explica en cómo las redes sociales simulan una libertad de expresión total bajo la premisa que "cualquiera puede publicar". Sin embargo, el algoritmo controla la visibilidad: una opinión disidente o que no genere interacciones comerciales es enterrada por el código. Se manufactura el consentimiento haciendo que el usuario se sienta libre mientras opera dentro de un filtro diseñado para mantener el orden económico de la plataforma.
¿Cómo los algoritmos de las redes sociales actúan dentro de la guerra cognitiva?
Los algoritmos de las redes sociales son el motor tecnológico que hace que la guerra cognitiva sea tan efectiva, barata y masiva. Las potencias extranjeras no necesitan hackear los servidores de una plataforma; solo necesitan entender y explotar el diseño de sus algoritmos para manipular la opinión de la población.
Para consolidar el control sobre lo que la sociedad considera "real" o "lógico", los estrategas de la guerra cognitiva explotan vulnerabilidades psicológicas específicas mediante herramientas digitales como:
Mantener el sesgo de confirmación: Los algoritmos exponen al usuario únicamente a datos que validan sus prejuicios previos.
Ilusión de pertenecer a la mayoría: El uso masivo de bots simula falsos consensos, hacen que las posturas disidentes se sientan aisladas. Estas cuentas falsas interactúan masivamente entre sí para engañar al algoritmo de la red social. El algoritmo, creyendo que es un debate humano genuino, proyecta la narrativa falsa en el inicio de millones de usuarios reales, alterando la agenda pública de una nación en cuestión de horas.
Sobre esta nueva forma de manipulación avanzada, la socióloga y escritora estadounidense Shoshana Zuboff, desarrolló el concepto llamado Capitalismo de Vigilancia; que es “un orden económico y social definido donde la experiencia humana privada se extrae y se convierte en materia prima gratuita. Esta información se procesa mediante algoritmos para predecir y modificar la conducta humana con fines lucrativos”.
Zuboff explicó que “las plataformas conocen los miedos, deseos y sesgos de cada individuo. El consentimiento ya no se fabrica a gran escala, sino de forma quirúrgica e individualizada. Te muestran exactamente el argumento, el meme o la noticia que tu cerebro necesita ver para aceptar una narrativa específica, haciendo la manipulación invisible e infinitamente más eficaz”.
De acuerdo a esto, mientras que en el siglo XX el consentimiento se manufacturaba de arriba hacia abajo mediante la televisión, hoy las plataformas digitales hacen que los propios usuarios participen activamente de manera inconsiente en la fabricación de su propio control, atrapados en un bucle de interacciones diseñado por corporaciones tecnológicas.
AMELYREN BASABE/REDACCIÓN MAZO