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La Gripe “española” también tenía marca gringa

Publicado: 21 de marzo de 2020 a las 08:41 | Última actualización: 21 de marzo de 2020 a las 08:53

Por José Roberto Duque • @JRobertoDuque / Por José Roberto Duque • @JRobertoDuque /

Por José Roberto Duque • @JRobertoDuque /
Ilustración Daniel Pérez

La catástrofe fue tan monstruosa que, a estas alturas, los analistas e investigadores no se ponen de acuerdo acerca de si produjo 50 o 100 millones de muertos (de 6 a 8 % de la especie humana). La pandemia, de la que recién se cumplió un siglo, tuvo entre sus generadores y aceleradores dos elementos nefastos: la guerra y Estados Unidos.

El estallido ocurrió a finales de la I Guerra Mundial. En marzo de 1918 Estados Unidos llevaba casi un año con las pezuñas metidas en el conflicto europeo; en ese período 2 millones de jóvenes norteamericanos fueron entrenados y lanzados a la aventura de la muerte. Aunque todos ellos estaban conscientes de esa misión, ignoraban, como ignoraba todo el mundo, que dentro de sus cuerpos se estaban llevando un enemigo que acabaría con ellos mismos, con sus rivales y con la población civil.

El primer caso documentado de la extraña gripe fue registrado en el servicio médico de uno de los centros de entrenamiento militar, el Fort Riley, en estado de Kansas. En pocas horas llegaron a ese mismo servicio cientos de soldados y personal de servicio con los mismos síntomas (fiebre, vómitos sanguinolentos, sangrado nasal, color azulado en la piel, insuficiencia respiratoria, desmayos). El número de contagiados a finales de marzo ya superaba el millar de casos; aún así, nuevos contingentes de soldados viajaron a Europa a llevar la muerte y la destrucción.
No hay que ser petejota

Como decían los malandros en los años 80 caraqueños: “No hay que ser petejota” para levantar una teoría, conspiranoica o no, a punta de sospechas que de tan obvias da un poco de vergüenza mencionarlas. Pero con el permiso de los lectores, de cuya inteligencia no dudamos, procedemos a dejar constancia: una potencia emergente como Estados Unidos, ansiosa por probar armas no convencionales fuera de su territorio (específicamente en esa Europa, sede de las potencias que desea destronar en el control del mundo), crea o repotencia un virus, lo introduce en el cuerpo de un grupo de soldados y los manda para allá a disparar no solo bombas y metralla, sino, además, estornudos.

Al pavoroso escenario de la conflagración se sumó, entonces, la mortandad, debido a ese soldado invisible que afectó a un tercio de la población del planeta y se convirtió en la peor epidemia registrada, que superó incluso a las pestes de la Edad Media y los siglos precedentes. Todas las gripes, y sus variaciones, suelen ensañarse contra los más débiles: ancianos y neonatos. Pero esta violenta cepa se ensañó contra personas de todas las edades, incluso contra animales domésticos, quienes se convirtieron en otros macabros vectores de la enfermedad.

Aunque, al parecer, se trataba de una mutación de la gripe aviar china, la mediática norteamericana la bautizó “gripe española” (en ese entonces no había razones para pelear con los chinos) y así quedó bautizada para la posteridad, sin que España tuviera culpa alguna de su origen y propagación. De hecho, España cumplió una función que ninguna potencia en conflicto podía cumplir: como se había declarado neutral, allí no había restricciones para divulgar informaciones. Fue desde ese país que se alertó al mundo acerca de la epidemia. Así que, por cumplir ese rol benefactor, su nombre quedó asociado a la mortal dolencia.
Más de 20.000 venezolanos
Ningún país del mundo se salvó del impacto de la gripe; algunos perdieron millones de vidas, como la India: murieron 12 a 17 millones de personas; nótese el espantoso detalle de que el margen de error (17 menos 12) es del tamaño de una ciudad como Caracas. Otros países pequeños perdieron hasta la cuarta parte de su población, y hubo pueblos indígenas que vieron morir a 90 % de sus miembros. Otras cifras notables: en China murieron 30 millones de personas, en Estados Unidos más de 600.000, en Francia e Italia unas 400.000; en España casi 300.000, igual que en el Reino Unido.

En la Venezuela de Juan “Bisonte” Gómez, como lo llamaba Blanco Fombona, el virus entró por el puerto de La Guaira: el 16 de octubre de 1918 regresaron al país decenas de soldados que fueron a joderse en Europa por órdenes de Estados Unidos (Gómez se los entregó encantado), y 50 de ellos estaban infectados con el virus. En cuestión de horas ya había en La Guaira y Caracas más de 500 casos: gente que salía de su casa con una violenta vomitación de sangre y caía muerta antes de llegar a un hospital. A Luis Razetti se le encargó dirigir el protocolo de defensa en medio de una férrea cuarentena, pero no pudo evitar que en tres meses de pandemia murieran más de 1.600 caraqueños (solo el Caracazo asesinó más gente en el siglo XX) y más de 20.000 fallecieran en toda Venezuela.

Gómez, quien había establecido su residencia en Maracay, no se acercó nunca a la capital (zape gato); pero su hijo, Alí Gómez, sucumbió al potente virus.

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