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Ruta de campañas electorales en la región se basan en métodos de la antipolitica contra Venezuela

Publicado: 10 de agosto de 2020 a las 14:28 | Última actualización: 10 de agosto de 2020 a las 16:12

La guerra asimétrica que vive nuestra nación La guerra asimétrica que vive nuestra nación

La guerra asimétrica que vive nuestra nación
Foto: Internet

ESPECIAL| Ruta de campañas electorales en la región se basan en métodos de la antipolitica contra Venezuela

Colocar a Venezuela como una “prioridad” de las campañas presidenciales para llegar en una carrera rápida al poder, ha sido el método de la antipolitica en los últimos años usada por los candidatos presidenciales del hegemon y sus países elites en la región. La mediática internacional ha contribuido en gran manera con esta hoja de ruta de campaña, en la guerra asimétrica que vive nuestra nación.

Las “coincidencias” de los candidatos presidenciales que de espalda a los grandes problemas sociales de sus naciones, colocan a la tierra de Bolívar y a su Gobierno legítimo como un modelo satanizado para poder convencer a sus seguidores con proyectos neoliberales y genuflexos a la Casa Blanca, se ha convertido en un verdadero modo de hacer política dominante.

El andamiaje que ha llevado a Presidentes al poder en Suramérica con esta falsa bandera, no ha tardado en recibir la respuesta contundente de los pueblos que desesperanzados hoy los rechazan. Casi en su totalidad esas naciones hoy están en verdaderos conflictos sociales de descontentos y ha quedado claro que de nada ha valido tanta arrogancia y ataques a Venezuela, para tratar de borrar la huella indeleble del Comandante Eterno Hugo Chávez y el esfuerzo y valentía del Presidente Nicolás Maduro.

Más recientemente, hemos visto el eje transversal de la campaña de los candidatos estadounidense que buscan la presidencia en el próximo mes de noviembre. El eje obligatorio y que apunta a despertar grandes expectativas como fórmula para captar el voto, es el derrocamiento del legítimo Gobierno Bolivariano y la narrativa está en el discurso del candidato republicano en busca de la reelección, el magnate presidente Donald Trump, y en su principal rival, el demócrata Joe Biden.

“Vamos a luchar por Venezuela y vamos a luchar por nuestros amigos de Cuba. Saben que hemos estado haciendo eso, así como en otros muchos lugares… Pero Cuba y Venezuela lo tenemos perfectamente bajo control”, declaró Trump, desde las instalaciones del Comando Sur, que en abril lanzó una supuesta operación antidrogas en aguas del Caribe. Esto último una severa contradicción del país mayor consumidor de drogas del mundo.

Biden, también saca provecho: “En este Día de la Independencia de Venezuela, mis pensamientos están con los venezolanos que continúan trabajando incansablemente por la causa de la democracia”, aseguró en cuenta de la red social Twitter el pasado 5 de julio.

En evidente y desesperadas acciones se refieren a Cuba, Venezuela y Nicaragua como la “troika del mal”, y han emprendido una larga lista de medidas coercitivas y unilaterales con bloqueos comerciales y financieros hacia las tres naciones, tratando de legitimar un bloqueo económico.

Todo apunta en una relevancia electoral a ganar los votos del sur de Florida que puede determinar las presidenciales en Estados Unidos. Ambos tratan de captar los lobbys mayameros originados desde la diáspora cubana, y ahora con la diáspora venezolana, ganar los votos hispanos.

Pero, ¿Qué hay detrás de esta falsa bandera de ayuda humanitaria a Venezuela?. El plan está develado. En primer lugar el objetivo estratégico está centrado en controlar el avance de la emancipación de los pueblos del sur, tratando de dar “una lección” a los seguidores del socialismo.

Muy seguidamente, un factor determinante: la crisis sistémica del capitalismo. Ésta realidad conduce el interés de cometer pillaje y saqueo de las reservas energéticas más grandes del mundo que son las que posee Venezuela.

Para esto se han conseguido con personajes entreguistas de la ultraderecha nacional que asumen una presidencia espuria y que con una política rastrera le han servido a sus intereses. Emancipada de estas prácticas de subordinación que duraron 100 años con transnacionales gringas, antes de la llegada de la Revolución Bolivariana, Venezuela no se rinde.

El feroz interés de las grandes transnacionales se evidencian rápidamente y en concierto con la antipolitica, actúan con desparpajo para tratar de seguir expoliando nuestras riquezas, como es el caso de la Exxon Móvil, que aupado por el Gobierno de Guyana, violan el Derecho Internacional y el Acuerdo de Ginebra, tal como lo denunció el 26 de junio la Vicepresidenta Ejecutiva de la República, Delcy Rodríguez: “Guyana está actuando para satisfacer intereses de transnacionales petroleras, dirigidas directamente por la Exxon Mobil y enmarcada dentro de ese guión de agresiones de Estados Unidos contra Venezuela”.

A esto se suma, la campaña mediática, que citamos al principio del texto, relacionada con señalamientos falsos para poner a Venezuela como colaborador del narcotráfico y el terrorismo, aún cuando la Organización de Naciones Unidas reconoce ampliamente el esfuerzo de nuestro país: “Según Informe Mundial sobre Drogas 2020 de la Onudd Venezuela a nivel mundial ocupa el 4to. lugar en incautaciones de drogas, así como en el desmantelamiento de laboratorios para procesar clorhidrato de cocaína”, refirió el organismo el pasado 26 de junio.

En este análisis no podemos dejar de mencionar la ausencia de una mirada social de los candidatos gringos, como bien citamos anteriormente, sus intereses no se alinean con los de las mayorías y ciertamente en contraposición al modelo Bolivariano, se ponen de espalda ante las dificultades. Por ejemplo en Estados Unidos de los más de 328 millones de habitantes, 49 millones viven en situación de pobreza, de ellos 14,1 millones son hispanos, según el Censo. Se suma la persecución a los centroamericanos y latinos, además de la precariedad del empleo para este sector. A estos problemas no se les ofrece soluciones concretas en la ruta de la campaña electoral.

En tiempos de pandemia por el COVID-19, Estados Unidos, al 09 de agosto, superó los 5 millones de contagios y 165 mil fallecidos. Frente a esto, Jeffrey Sachs, profesor y director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, calificó de “desastroso” el manejo de la crisis por parte de Trump, tras la reiteradas advertencias a la administración sobre los efectos letales del virus, refiere un artículo de opinión publicado en el portal de CÑÑ, el pasado 16 de abril.

Mientras tanto, Trump, amenazaba con detener el financiamiento a la Organización Mundial de la Salud y acusó al organismo de “mala gestión y encubrimiento” frente a la pandemia de Covid-19.

Un modelo que expande en la región

La injerencia de los gobiernos de los Estados Unidos en la región es de larga data, muy especialmente en la década de los 80, del siglo pasado, con las manipulaciones a los gobiernos de turno para hacer de estas tierras su patio trasero. Desde esa perspectiva se organizaron los delitos de lesa humanidad y de violación a los Derechos Humanos con la contra insurgencia que hizo efecto en los modelos progresistas como es el caso de Nicaragua, El Salvador, Argentina y Chile, donde el largo brazo de la CIA y la DEA, se hizo presente.

Hoy la realidad, es que en el plano de la ideas se da una guerra bélica. De ello no escapa Venezuela, y gobiernos de la región se han posesionado en el poder con la narrativa de atacar el modelo venezolano siguiendo el guion imperial para servir a los intereses del hegemon.

Ejemplo de esto es Colombia, donde Iván Duque, utilizó la denominada “crisis humanitaria”, para impulsar su campaña electoral, creando debates en torno a la posibilidad de que la nación neogranadina, siguiera un rumbo similar a Venezuela y fuera gobernado por lo que sectores de la derecha colombiana bautizados como “castrochavismo”, estrategia que se usó para generar desconfianza hacia quienes planteaban un cambio en el país.

El 28 de octubre del mismo año, la extrema derecha llegó al poder en Brasil con la elección de Jair Bolsonaro, conocido como el Trump del trópico, por su evidente afinidad con la dictadura y decisiones radicales. Una muestra de su desapego social es que hoy el Gigante Amazónico es el epicentro de la pandemia del Covid-19, por la irracionalidad de su gobernante y su miopía política y social.

En el transcurso de su campaña electoral, Bolsonaro dejó claro su firme decisión de acercarse a EE.UU, criticando a todos los Gobiernos socialistas de la región, incluso, continuando con las líneas discursivas de Trump, manifestó su inclinación por romper relaciones con el Gobierno del Presidente Nicolás Maduro, además de apoyar y aumentar las sanciones contra Venezuela.

De esta manera Brasil y Colombia, se transformaron en uno de los principales aliados de Washington, quien hasta ese momento no había conseguido un socio latinoamericano que impulsará de forma directa una campaña de intervención e injerencia contra Venezuela.

El ascenso de Martín Viscarra, a la Presidencia de Perú, durante el primer trimestre de 2018, tampoco se aleja de esta realidad, ya que con esto, la nación peruana continúa enfrentándose a recetas neoliberales, medidas serviles al imperialismo y contrarias a los intereses del país.

Incluso el panorama entre Venezuela y Perú no mejoró, debido a que en múltiples oportunidades, Vizcarra, manifestó que a través del nefasto Grupo de Lima, busca cualquier mecanismo para lograr que Venezuela regrese lo que la Nación Norteamérica cataloga como el “cause democrático”.

Ecuador, representó durante un corto período la consolidación del socialismo en la región, con la elección de Lenin Moreno, como Presidente, pero la realidad fue muy distinta, ya que el pueblo ecuatoriano se vio envuelto en el neoliberalismo, “paquetazo económico” y desestabilización social.

Al poco tiempo de asumir la Presidencia, ya Moreno acusaba al jefe de Estado venezolano de dictador, además de apoyar las medidas coercitivas impuestas a la Patria con el objetivo de “devolverle la libertad”. Hoy su impopularidad se impone.

Asimismo, el pueblo boliviano no vislumbra un futuro lejos del neoliberalismo, tras enfrentarse a un golpe de Estado contra Evo Morales, en el último trimestre del año 2019, catalogado por la autoproclamada presidenta de Bolivia, Jeanine Áñez, como “una revolución para recuperar la democracia”, apoyada además por el secretario general de la OEA, Luis Almagro, quien declaró no reconocer la victoria de Morales, colocando a la OEA por encima de la Constitución de Bolivia.

El hilo de agresiones contra Venezuela continúa con el apoyo de Añez, quien desde su llegada al poder, de manera ilegítima, ha adoptado el guión de lacayo imperial, para atacar a Venezuela.

En contexto, la estrategia de “priorizar” a Venezuela como centro de la campaña electoral estadounidense y Suramericana para complementar métodos de la antipolitica, buscan dominar espacios perdidos en el plano comercial, energético, científico y militar que hoy se comparten con potencias emergentes como Rusia, China, Irán y Turquía.

Muy especialmente el modelo neocolonial trata de imponerse como promesa electoral de la campaña presidencial gringa, y en su contexto es una verdadera amenaza para nuestra paz y soberanía. De este lado, un pueblo grita ¡Venceremos!

T: Yndira López/ Yuleisy Matehus

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