La tragedia no debe ser campaña ni aparador para el ego: El mezquino show de María Corina Machado

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Este es el síndrome del mesías vacío: narcisismo convertido en estrategia
Foto internet

Publicado: 03/07/2026 11:16 AM

Hay algo profundamente repugnante en la pretensión de convertir el dolor ajeno en un pedestal personal. Y eso, ni más ni menos, es lo que estamos presenciando desde ciertas trincheras políticas que, ante el doble sismo que estremeció a Venezuela, han decidido que el foco no debe estar en las víctimas, sino en la ausencia o presencia de una dirigente que se autoerige como la única salvadora de la Patria

¿De verdad pretenden hacernos tragar el cuento de que la estabilidad espiritual de millones de venezolanos depende de que María Corina Machado (MCM) pise o no pise suelo nacional?  ¿Que la atención a una catástrofe humanitaria debe girar alrededor de su figura, su relato y su conveniente calendario electoral? Eso no es solidaridad. Eso es patología política. Es el síndrome del mesías vacío: narcisismo convertido en estrategia. 

Y resulta todavía más indignante cuando personajes mediáticos, como Erika de la Vega, se prestan para ser altavoces de esa teatralidad, normalizando que el sufrimiento de familias enteras se convierta en el telón de fondo de un monólogo ególatra. Mientras hay padres buscando a sus hijos entre escombros, comunidades que perdieron el techo que les quedaba, niños conmocionados y equipos de rescate agotando sus últimas fuerzas, ciertos personajes parecen más preocupados por grabar el próximo video de “resistencia” que por responder una pregunta elemental: ¿Dónde está la ayuda tangible que han canalizado? Porque de discursos grandilocuentes, poses dramáticas y llamados vacíos a la “unidad” ya estamos hartos.

Lo que no vemos son centros de acopio con su firma, toneladas de agua, alimentos o medicinas canalizadas por sus estructuras, voluntarios organizados, médicos movilizados o rescatistas financiados por esa maquinaria política. 

Publicar tuits, grabar selfies con tono épico y alimentar la narrativa de “yo soy la esperanza” no es asistir. No es acompañar. No es resolver. Es alimentar el propio relato a costa del hambre, el miedo y la angustia ajena. 

Pero la indignación crece aún más cuando, incluso desde sectores opositores y entre comunicadores que dicen tener acceso a fuentes de inteligencia, han circulado denuncias sobre operaciones digitales (coordinadas y financiadas por MCM)  orientadas a sembrar caos, amplificar rumores y fabricar contenidos falsos en redes sociales aprovechando la desgracia colectiva.

¿Coincidencia? Para muchos, no. Más bien, responde a una estrategia. Porque en el manual del oportunismo político, el dolor colectivo se convierte en terreno fértil para la desinformación. Y la desinformación sirve para alimentar el relato mesiánico: mientras más incertidumbre, angustia y desesperación haya, más necesaria intentan hacer parecer la figura del supuesto “salvador”

Eso realmente o se puede hacer,  no se debería hacer, por dónde lo mires no es ético. No se puede usar cada lágrima como munición política ni convertir a cada familia afectada en comparsa de una puesta en escena comunicacional. El ego, cuando se vuelve más importante que el duelo de un Pueblo, deja de ser una simple vanidad: se convierte en obscenidad

Esa necesidad enfermiza de hacer creer que Venezuela depende de un ombligo, de una voz o de una presencia personalista de alguien que verdaderamente nunca le ha aportado nada al país, es una ofensa directa contra la inteligencia y la dignidad de una ciudadanía que, en medio de la tragedia, ha demostrado organización, solidaridad, valentía y resistencia.

Seamos claros, la ayuda verdadera no busca reflectores, no fabrica héroes de utilería, no impone salvadores, no convierte la desgracia en campaña. La ayuda verdadera necesita recursos, logística , coordinación , respeto y honestidad. En una catástrofe no hay espacio para mercaderes de la angustia. 

En casos como estos, el Pueblo venezolano merece hechos, no ficción; solidaridad, no espectáculo; verdad, no patrañas; ayuda, no egolatría. Y a quienes confunden el liderazgo con el culto a la personalidad, solo cabe recordarles algo: el dolor no se negocia.

La historia, tarde o temprano, termina poniendo a cada quien en su lugar: a quienes ayudan y a quienes usan la tragedia para intentar brillar. 

REDACCIÓN MAZO

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